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La fiesta de los parachicos

En el sureste mexicano se encuentra la mayor concentración de población indígena del país. Dado que los pueblos originarios (como se les llama ahora a los grupos étnicos) son los que mayor arraigo tienen con la tierra y la tradición, no es de extrañar que en lugares como Oaxaca, Veracruz o Chiapas encontremos algunas de las manifestaciones más efusivas de un México que celebra sus victorias, sus alegrías y sus desencantos, un México que celebra su gente, su historia y hasta la muerte misma, en una palabra: un México festivo. En este sentido, recorrer la geografía chiapaneca a través de su calendario religioso resulta una experiencia llena de color, forma, sonido y luces, que hacen de su gente y su indumentaria un verdadero calidoscopio de presenciarse.

Chiapa de Corzo, se pinta solo en el mapa del sureste mexicano. Asentando en el margen derecho del río Grijalva, a corta distancia de la actual capital del estado de Chiapas, Tuxtla Gutiérrez, este pueblo colonial esta fincado sobre los restos arqueológicos de un pueblo más antiguo de origen zoque, una milenaria cultura de la cual hoy apenas se empiezan a desvelar rasgos de su historia. Tiene en su plaza principal un kiosco de estilo mudéjar, único en su género, arcadas en el primer cuadro y un templo cuya importante arquitectura es herencia de esos tiempos en que la orden dominica sentara sus reales con la divina misión de catequizar a los naturales.

En este sitio tan pintoresco, que además resulta sede de un museo dedicado a la artesanía en laca, es donde se lleva a cabo una de las tres fiestas más importantes del estado de Chiapas: la fiesta de los parachicos. Su origen se pierde en la noche colonial; sin embargo cuenta la leyenda que, tiempo atrás, en una época de sequía y hambruna para los lugareños, vivía una acaudalada mujer de nombre Doña María de Angulo, quien tenía la desgracia de tener un hijo adolecente muy enfermo. Al sobrevenir aquella pena sobre el pueblo, la mujer promete al santo patrono, San Sebastián, que si sana a su hijo ella repartirá sus riquezas entre los moradores del lugar. El niño es entonces atado a un madero de San Sebastián, y llevado en un carruaje por todo el pueblo mientras Doña María de Angulo reparte sus bienes entre los hambrientos.

El milagro ocurre: su hijo es sanada y ella agradecida le promete a San Sebastián patrocinar año con año sus fiestas de cada 20 de Enero. La versión actual de esta fiesta data de 1711, según se dice, año en que se desata en Chiapas esta gran hambruna durante la cual Doña María de Angulo demostró su generosidad.

Como el santo representado (San Sebastián Mártir) es un joven, en las fiestas se decía “para el chico, para el chico”, derivado de aquí el actual nombre de esta celebración que le da sentido y cohesión social a un pueblo entero: hoy todo el mundo asocia a Chiapa de corzo con su inconfundible Fiesta de los parachicos.

Es interesante presenciar cómo desde temprano se preparan los vecinos del pueblo, reunidos en casa del mayordomo (el encargado de organizar las festividades religiosas durante un año entero) con atuendos complejos que incluyen ropaje abultado, multicolor, máscara laqueada con la efigie típica del español de la época, una sonaja y una suerte de penacho o gorro de ixtle, de singular apariencia, que en conjunto dan al “parachico” su muy particular caracterización. A una señal del mayordomo, ancianos, adultos y niños lanzan un grito y brincan y sacuden sus sonajas, generando una enorme algarabía que pronto contagia a todo el pueblo. La procesión dura horas, y los parachicos aguantan el calor tropical, que cala con fuerza a pesar de ser los primeros días del año.

Haciendo escala en varias capillas donde se baila en franco espíritu desbordado, la meta es llevar al “chico” a San Sebastián por el pueblo, donde cada vez más gente se une al festejo, que termina esa noche en un evento espectacular.

Por el si el colorido de los atuendos fuera poco y la algarabía generada no bastara para mostrar la alegría de la gente, la última noche se lleva a cabo en el rio Grijalva una representación teatral de una batalla naval; un simulacro de fuegos pirotécnicos que ilumina la oscura escena chiapaneca. En suma, participamos a que de esa enorme fuerza contenida en generaciones de tradición, que hacen de Chiapas un bastión de folclor étnico.

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  1. admin
    10 June, 2015
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